miércoles, 19 de julio de 2017

Marco Valdo, Italo Calvino. 19. El jardin de los gatos obstinados.

Las ciudad de los gatos y la ciudad de los hombres están una dentro de otra, pero no son la misma ciudad. Pocos gatos recuerdan los tiempos en que no existía tal diferencia: las calles y las plazas de los hombres eran también calles y plazas de los gatos, y el césped, y los patios, y los balcones, y las fuentes: se vivía en un espacio amplio y variado. Pero desde hace bastantes generaciones los felinos domésticos están prisioneros en una ciudad inhabitable: las calles ininterrumpidamente son recorridas por la circulación mortal de los coches escachagatos; en cada metro cuadrado de lo eu antaño fue jardín o solar o restos de una olvidada demolición, ahora descuellan condominios, bloques populares, rascacielos flamantes; no hay zaguán que no esté atestado de autos en estacionamiento; los patios uno tras otro los cubren con una solera y se transforman en garajes o en cines o en almacenes u oficinas. Y donde se extendía una altiplanicie ondulante de tejados bajos, citación, azoteas, depósitos de agua, blancos, buhardas, cobertizos de chapa, ahora se practica la sobreedificación general de todo cuerpo sobreedificable. Desaparecen los desniveles intermediarios entre el ínfimo suelo de la calle y el excelso cielo d los sobreexcito, el gato de las nuevas camadas busca en vano el itinerario de sus padres, el pretexto para el blando salto de la balaustrada al remate de la canaleta, para el disparado trepar por las tejas.
Pero en esta ciudad vertical, en esta ciudad comprimida donde todos los huecos tienden a llenarse y cada bloque de cemento , se abre una especie de contrariedad, de ciudad en negativo, que consiste en tajadas vacías entre muro y muro, en distancias mínimas prescritas por las ordenanzas municipales entre una construcción y otra, entre las traseras de dos edificios; es una ciudad abatideros, lunas, canales de ventilación, entradas, cocheras, barrueduelas, pasos a los sótanos, como una red de canales enjutos en un planeta de yeso y alquitrán, y cabalmente por esa red a ras de las paredes maestras corre todavía el antiguo pueblo de los gatos.

Marcovaldo, a veces , para matar el tiempo, seguía a algún gato. Era en el intervalo del trabajo entre las doce y media y las tres, cuando, a excepción de Marcovaldo, todo el personal se iba a casa a comer, y él- que se llevaba la comida en el bolso- utilizaba como mesa un cajón del almacén, se echaba al cuerpo el bocado, fumaba su media tagarnina y vagaba por los alrededores , solo y desocupado, en espera de la hora. En ese tiempo, un gato que asomara por una ventana era siempre una compañía agradable , y un guía para nuevas exploraciones. Había trabado amistad con un gato de Angora, bien nutrido, lacio azul en torno al cuello, sin duda alojado donde una familia de posición. El gatazo tenía en común con Marcovaldo la costumbre del paseo nada más comer: de donde naturalmente surgió la amistad.
La ciudad entera para él.
La población durante once meses del año quería a su ciudad. Los rascacielos, los distribuidores automáticos de cigarrillos, los cines con pantalla panorámica eran motivos indiscutibles de continua atracción. El único habitante a quien sin lugar a dudas no cabía atribuir tal sentimiento era Marcovaldo; aunque lo que él pensara -primero- costara saberlo, dada su escasa disposición comunicativa, y -segundo- pintaba tan poco que, sea como fuere, tampoco importaba.
Así transcurría el año, comenzaba el mes de agosto. Y, de pronto, se asistía a un cambio de sentimientos general. A la ciudad ya no la quería nadie: los mismos rascacielos y pasos subterráneos de peatones y aparcamientos, hasta entonces tan queridos, se hacían antipáticos e irritantes. La población no tenía otro deseo que largarse cuanto antes: y así a puro llenar trenes y embotellar autopistas, para el 15 del mes se habían ido lo que se dice todos. Menos uno. Macollado era el único habitante que no abandonada la ciudad.

Marcovaldo
Italo Calvino.

domingo, 2 de julio de 2017

tablas de multiplicar

lunes, 13 de febrero de 2017

Italo calvino marcovaldo





martes, 10 de enero de 2017

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Nacho Vegas - Ciudad Vampira

Nacho Vegas - Ciudad Vampira

Vivo en la ciudad más triste que jamás
una mente triste pudo imaginar,
vivo y no concibo escapar.

Vivo en la ciudad más triste de este país,
es tan triste esta ciudad que, por aquí,
cuando alguien se ríe lo hace mal.

Y ves mujeres lobo cuando hay luna llena,
pero amanece y se mueren de pena.
Y es que así de triste es la ciudad.

Vi a gente triste en el autobús,
vi a gente triste en la avenida Schultz,
vi más gente triste en el Molinón.

Vi a gente triste y cambié de acera,
vi a gente triste en el Alimerka,
y después también me puse triste yo.

No quería hacerlo pero tú insististe
y vi tu cara triste cuando te corriste,
y es que esta tristeza es integral,
y eso está mal.

En mi edificio siempre hace frío,
creo que mis vecinos son vampiros,
ellos creen que lo soy yo.

Llamé a mis dos únicos amigos,
hoy hay otros mil que alguno habrá traído,
tenemos una única misión: ¡matar vampiros!

La tristeza se extendió entre Deva y Lois,
yo me creía muerto pero hoy sé que estoy
vivo y que concibo otro lugar.

Uno trajo estacas hechas de nogal,
otro de Duro Felguera una radial.
Saldremos esta noche a destripar...
y exigir que nos devuelvan la ciudad,
y reparar esta tristeza desde hoy.

Vivo en la ciudad más triste que jamás
un triste urbanista pudo proyectar,
hay que prender fuego a esta ciudad.

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